Me sorprende que "escale" a la taza del bater para coger su cepillo de dientes, pero antes de hacerlo haga el gesto de coger magnesio de la bolsa que, supuestamente, lleva colgada de la cintura. "Bestela ezin da igo", (((si no, no se puede subir)), me confirma ante mi atónita mirada.
Me percato entonces de que para sus escasos tres años ha estado en el monte, casi más que muchos adultos. Lo que para él es normal, para otros no lo será nunca.
Jamás me planteo qué va a querer ser de mayor o si le va a gustar escalar. Pero lo cierto es que, el otro día que por primera vez me pidió que le dejara escalar una vía, me llenó de orgullo y alegría. No lo voy a negar. Nunca le había obligado a calzarse los gatos o el arnés. Nunca le había animado a subirse por las presas del rocódromo... haciendo realidad esa máxima que ya lo hará cuando le apetezca. Y el otro día llegó esa jornada.
Repitiendo al día siguiente.
Confirmando que parece que le gusta el asunto. Poco después, en esta aciaga y lluviosa semana santa estando en el panel me dice. "Ama eskalatu nahi dut, baina hemen ez, mendian". Vamos que en eso SI se parece a su madre. Sabe que además como premio últimamente hay columpio.
Así que aquí me veis poniendo velas al santo, para que amaine la lluvia y podamos salir al monte y K escale. Bueno, por supuesto, yo también claro.